jueves 17 de enero de 2008

Refrito: Cortázar y Homero. Homenaje fuera del libro

Homero. Ilíada, libro I. Trad., prólogo y notas de Emilio Crespo. Gredos, 1996.
Biblioteca clásica Gredos 150.

Cortázar, Julio. Instrucciones para dar cuerda al reloj, en Cortázar, Julio, Historia de cornopios y de famas.
Barcelona, Edhasa, 1990


porque al sacerdote Crises

había deshonrado el Atrida.





Allá en el fondo está la muerte,

pero no tenga miedo.

Ahora se abre otro plazo

“­¡Oh Atridas y demás aqueos, de buenas grebas!

Que los dioses, dueños de las olímpicas moradas,

os concedan saquear la ciudad de Príamoy regresar bien a casa;

pero a mi hija,

por favor,

liberádmela

y aceptad el rescate

por piedad del flechador

hijo de Zeus,

de Apolo.”

Pues aquél llegó a las veloces naves de los aqueos cargado de inmensos rescates para liberar a su hija,

llevando en sus manos las ínfulas

flechador Apolo en lo alto del áureo cetro, y suplicaba a todos los aqueos, pero sobre todo a los dos Atridas, ordenadores de huestes:

Entonces todos los demás aqueos aprobaron unánimes respetar al sacerdote y aceptar el espléndido rescate,

pero no le plugo en su ánimo al Atrida Agamenón, que lo alejó de mala manera y le dictó un riguroso mandato:

"- Viejo, que no te encuentre yo junto a las cóncavas naves,

bien porque ahora te demores

o porque vuelvas más tarde,

no sea que no te socorran el cetro ni las ínfulas del dios".

La cólera canta,

oh diosa, del Pelida

Aquiles

Los árboles despliegan sus hojas,

las barcas corren regatas,

el tiempo del reloj como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan

el aire,

las brisas de la tierra,

la sombra de una mujer,

el perfume del pan.

La cólera canta,

oh diosa, del Pelida Aquiles.

Maldita, que causó a los aqueos incontables dolores,

precipitó al Hades muchas valientes vidas de héroes

y a ellos mismos los hizo presa para los perros.

¿Qué más quiere, qué más quiere?

No la pienso soltar;

antes le va a sobrevenir la vejez en mi casa, en Argos,

lejos de la patria, aplicándose al telar, al reloj y compartiendo mi lecho.

Allá en el fondo está la muerte,

va corroyendo las venas del reloj,

pero no tenga miedo.

El miedo herrumbra las áncoras,

Mas vete, no me provoques.

Deje latir el tiempo

Átelo pronto a su muñeca

Imítelo anhelante

Cada cosa que pudo alcanzarse en libertad

fue olvidada

Mas vete, no me provoques

y así podrás regresar sano y salvo.

gangrenando la fría sangre de sus pequeños rubíes.

Así habló,

y el anciano sintió miedo y acató sus palabras.

Ahora se abre otro plazo

El hijo de Leto y de Zeus

Pues, irritado contra el rey,

una maligna peste suscitó en el ejército,

y perecían las huestes.

Y allá en el fondo está la llave de la muerte

si no corremos

y llegamos antes

y comprendemos que ya no importa.

Tome de la cuerda

remóntela suavemente.

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jueves 10 de enero de 2008

ÍNDICE del libro

Parte I
1. Crónica de un gesto
2. La quinta lluvia
3. Nubes de encuentro
4. La comparecencia
5. Aniversarios
6. Palabra de juez
7. La selección


Parte II
8. Las puertas
9. Espejo de Catalina
10. Azúcar de arena
11.Tango en la mansión
12. Los irreales


Parte III
12. Los tejedores de Homero
Serie de hiperbreves, microrelatos y relatos

12. Tejedores
13. Penélope en Tucumán
14. Las vecinas
15. Ulises y Telémaco desbrozan el jardín
16.Tejedores en Tucumán
17. El tejido
18. Las preguntas
19. Orgullo y vergüenza en la isla de Tucumán
20. Exánime
21. Espera en la fuente




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sábado 22 de diciembre de 2007

LOS TEJEDORES DE HOMERO. Serie de hiperbreves, relatos y microrrelatos. Año 2001. Publicado por diario digital Tucumán Hoy

Allí en el fondo está la muerte, pero no tenga miedo.
La cólera canta
oh, diosa, del Pélida Aquiles,
maldita, que causó a los aqueos
incontables dolores

Fragmento de Refrito: Instrucciones.../Ilíada
Versión completa en primera entrada.


Homero. Ilíada, libro I. Trad.,
prólogo y notas de Emilio Crespo. Gredos, 1996.
Biblioteca clásica Gredos 150.

Cortázar, Julio. Instrucciones para dar cuerda al reloj, en Cortázar, Julio,

Historia de cornopios y de famas. Barcelona, Edhasa, 1990.



12. Tejedores

Tejer, lo que se dice tejer, no le vimos. Lo que ella hacía era caminar hacia el telar envuelta en su túnica clara, leve como de aire; sentarse en la butaca, enredar entre los hilos sus dedos finos y largos acostumbrados a la lira; mirar el tejido con esos ojos de anhelo y permanecer en la inminencia del movimiento. Eso era todo. El tejido, en realidad, lo hacíamos nosotros, los que leíamos una y otra vez a Homero.

Ella, Penélope, nos destejía cada anochecer.





13. Penélope en Tucumán
Nunca aguardó durante años el retorno de ningún rey navegante cargado de historias. Por una razón muy simple: Tucumán no está bañada por aguas de mar.
En los primeros siglos Penélope esperaba a Ulises mirando las cumbres del Aconquija, o del Ñuñorco, o del Infiernillo.
En el siglo XIX, Penélope ofrecía su casa en la que se conspiraba contra los virreyes de España. Después... curaba las heridas, cosía las ropas, servía a los hombres y mujeres que pensaban y luchaban. En 1816 se fundó la República. Y siguieron otras batallas.
También se acostumbró a rezar, en el tiempo siguiente, para que el perro oscuro de la noche de los cañaverales no hubiese elegido a su amado Ulises, -conocido por su claridad mental y rapidez para descubrir las argucias de los patrones-
En los años 40 del siglo XX, su amado trabajador se le fue de las manos y le hizo creer que ya estaban en el cielo. En el 55 llovieron lágrimas de plomo: eran los almirantes voladores que no les gustaba cómo se ejercía la república.
En el 63 un buen hombre aceptó un medio trono, pero en el 66 otra vez los hombres armados, con un plan bajo el brazo, lo quitaron del medio. Y desfilaron con toda la fanfarria, mientras leían el plan con palabras difíciles. Con el otro brazo, en Tucumán, cerraron once, de las treinta y tres fábricas de azúcar. Fue entonces que, cansado de la tierra, Ulises se llevó a Penélope y a Telémaco y juntos se transformaron en golondrinas.
En los años 70, Ulises había muerto ya varias veces y Penélope no se dio cuenta de que su hijo Telémaco había crecido y pretendía devolverle el cielo a la memoria de su padre. Advertidos, en el 74 se reunieron los brujos del mal junto a los generales entrenados en el Hades de Norteamérica. Juntos mandaron a los príncipes malignos a destrozar los cuerpos que pensaban, que estudiaban pensando, que trabajaban opinando, que resistían con panfletos, con asambleas, con huelgas y algunos hasta con armas. En el 76, ya sin brujos, continuaron el maleficio los generales: mandaron a torturarlos, a cavarlos, a enterrarlos en los pozos de la provincia, a tirarlos desde el cielo al océano Atlántico, al Río de la Plata. Y se repartieron los bienes. Muchas veces elegían antes los bienes, aunque sus dueños no pensaran, ni opinaran, ni se opusieran. Hicieron –“operando”-, ventajosos negocios.
Ya desde el 74 Penélope había cambiado, fue cuando abandonó el tejido. No dejaba de gritar allí donde se encontrara aunque todo estuviera muy encubierto. En el 76 los generales y subordinados, en todo el país, empezando por Buenos Aires, le llamaron loca. Se hicieron eco casi todos los medios de comunicación y los periodistas de renombre. También los sacerdotes intocables. Y en eso entretenían a la gente, tanto el periodismo como los sacerdotes desde sus miles de púlpitos políticos, mientras los generales y sus familias enviaban el dinero robado a sus cuentas bancarias en el extranjero.
No dejaba de ser cierto que era una idea loca gritar por sus hijos, y cuánto más loca, la pretensión de que le devolvieran a sus nietos nacidos en cautiverio.
En Tucumán, Penélope no teje y tiene ronca la voz.


14. Las vecinas
Penélope se culpa cada día por no haber alertado a Ulises y a Telémaco sobre los rumores de las vecinas: “La señora de la ley, entre gallos de medianoche, se había quitado la venda imparcial y cubierto su cabeza con una capucha, había tirado la balanza y empuñado la picana, -fue el ruido espantoso que se escuchó en tribunales esa noche- y salió vestida de hombre en unos carruajes verdes sin patente”. Decían las vecinas que asolaba como bestia sedienta de bienes y de sangre por calles, campos, fábricas, sindicatos, universidades.
Penélope no había creído en los rumores de las vecinas.
Desde entonces, la gente de Tucumán ya no sabe más qué es la ley. Aunque entran a Tribunales por sus asuntos legales y está allí otra vez de pie, con su venda y su balanza, la miran como a una hermosa escultura travestida, pero le han perdido el respeto.
Penélope ha escuchado el nuevo rumor de las vecinas: la señora de la ley, de noche, se quita la venda, deja la balanza con mucho sigilo y se acuesta indiscriminadamente con jueces, abogados, legisladores, agentes de tránsito, conductores de transportes escolares, inspectores de policías, estudiantes que festejan su día, vendedores ambulantes, dueños de sanatorios, de hoteles, de fábricas, comerciantes, importadores y exportadores.
Penélope cree que sus vecinas exageran cuando dicen que ya nadie respeta la ley.
Ulises, -astuto como siempre-, dice que todos buscan sus favores, estar a su costado, para no ser vistos en la acera de enfrente cuando se vista de uniforme y empuñe la picana otra vez.


15. Ulises y Telémaco desbrozan el jardín
Tucumán es la isla de Itaca en medio de tanto país. Ulises ha vuelto y está junto a Telémaco, que también ha vuelto.
Los hombres que utilizaron los uniformes de la patria para sus atrocidades y asaltaron la casa de Ulises, de Telémaco y de Penélope están siendo juzgados y encerrados con los delincuentes comunes.
Ahora, ni los delincuentes comunes quieren estar con los acusados de genocidio. Algunos de los presos comunes dicen que ellos nunca fueron tan sádicos ni malvados, ni cobraban un sueldo, ni recibieron medallas, ni honores, ni tenían círculos especiales, ni visitaban las embajadas, ni los casinos a cara descubierta, ni hacían desfiles con bandas de música, ni nadie se les cuadraba en señal de admiración cuando ellos pasaban por la calle. Que a ellos, a los delincuentes comunes, nunca se les ocurrió utilizar los uniformes de Belgrano, de San Martín, de Güemes, ni de tantos otros para cometer sus fechorías, sus asesinatos, ni sus robos. Otros dicen que ellos nunca endeudaron el país para quedarse con el dinero. Que nunca anunciaron con comunicados por televisión y radio el comienzo de sus actividades delictivas. Que nunca tuvieron a la prensa ni a la cúpula de los sacerdotes de su lado.
Hay algunos que dicen que si estos genocidas se les acercan les cambiarán sus códigos internos, sus formas de vivir, los enredarán en algunas de sus guerras fabricadas, los envilecerán. También dicen que temen por sus mujeres e hijas, cuando lleguen los días de visita. Temen que ellas sean vistas por esos ojos llenos de tanta sangre ajena, de tantos cuerpos acumulados en tantas fosas comunes, de tantas tardes de aplicación de picanas en los intervalos de los partidos de fútbol, de tanta violación a mujeres golpeadas sobre mesas de torturas. De tanta maldad humana. Dicen que tienen derecho a temer por la vida y el honor de sus mujeres e hijas. Dicen que al haber sido encumbrados tantas veces, por una gran parte de ciudadanos de Tucumán, han cultivado muchas relaciones: en el diario de la provincia, en la policía, en los juzgados.
Otros presos se atreven a aconsejarles que declaren dónde enterraron o quemaron o destruyeron o ahogaron tantos miles de cuerpos argentinos. Y como al pasar, dicen: para evitar tanto ir y venir en los juzgados. Si al final es lo único que la gente quiere. O que se lo digan a sus propios hijos, a sus mujeres, a los sacerdotes amigos, a sus legisladores. Y si todos ellos ya lo saben –que no es difícil de suponer debido a la complicidad- que sean ellos los que acudan al juzgado y lo declaren. Sólo para que se pueda, de una vez por todas, al menos en esta provincia, dormir en paz. O sólo para no llevarse al otro mundo semejante peso en la conciencia. También agregan que en el mundo de la cárcel todo termina sabiéndose. Y una vez que se confiesa dónde los han enterrado... dicen, la vida en la cárcel no es tan mala. Nada que ver con sus campos de exterminio. Uno se acostumbra. Es... como todo en la vida...
Ulises, Telémaco y Penélope dicen que la isla de Tucumán no sólo es la más pequeña y la más bonita, en ese extenso mar que es Argentina, sino que esperan, poco a poco, desbrozar sus jardines.
Y se preguntan: ¿Cuál es el lugar para encerrarlos? ¿Quiénes los custodiarán?


16. Tejedores en Tucumán
Hay voces que opinan que el tejido está roto. Que debemos componer el tejido. Pero apenas alguien quiere componer de un lado hay quienes tiran de los hilos de otro lado. Nadie reconoce a nadie el deseo de componerlo. Las vecinas dicen que eso es lo que ha logrado la justicia con su comportamiento descabellado.


17. El tejido
Penélope en Tucumán nunca volverá a tejer, al menos en telar. Alguna vez utiliza el tejido a dos agujas para pensar y pasar inadvertida.
Penélope piensa que es el sistema de gobierno el que no está claro en la gente. Ha visto que las personas a veces actúan como impunes déspotas armados. Otras veces como viejos republicanos jacobinos, o como líderes peronistas de pacotilla que citan frases con efecto. Otras veces piden por libertades porque se les acabaron las reuniones sociales y fiestas que promovían los asesinos de uniforme.
Otros se tranquilizan en sus congresos de economía diciendo que si al presidente democrático le va bien es porque Dios es argentino y la coyuntura global le favorece, como aquella primera vez. Y cuando alguien, sólo por entretenerse, les replica: según tu lógica, Dios sería no sólo argentino sino además, del mismo partido que el presidente, entonces ellos se encolerizan y dejan de citar a Dios. Y murmuran por lo bajo “Si Dios es de ese partido, entonces Dios desaparece”.
Aparecen como libertarios los que enseñaban a sus hijos y nietos las fotos de los genocidas en el poder como héroes luciendo macabras sonrisas. Enarbolan la ley contra quien les perjudica y la violan en provecho propio. Amenazan de muerte a los jueces como acostumbran en los largos períodos de sistema dictatorial, y se ofenden grandemente si se les aplica la ley del período democrático.
Penélope piensa que con tanto manoseo en época democrática y tantos golpes armados contra la república ya nadie sabe qué significa. Y dice: es la Primera Fundación la que ya está enrarecida.
Un día se preguntó: ¿Puede un médico llamarse médico cuando acudió tantas veces para asesinar a sus pacientes, aunque en transitorios períodos ejerza su profesión?
Penélope de Tucumán piensa que la Primera República ha sido bastardeada en la cabeza de la gente. Y que es necesario ponerse de acuerdo y quizá... fundarse otra vez.


18. Las preguntas
Ulises le dice que ya no le importa ser descubierto otra vez por “los monstruos modernos de los cañaverales”, así que advertirá sobre lo que sabe. Su hijo Telémaco le dice que él irá a su lado. Penélope les dice que ella, esta vez, los acompañará. ¿Adónde iremos? Pregunta Penélope con su voz ronca, su frente alta y sus pies cansados.
Haremos una asamblea en Plaza Independencia. Después caminaremos por calle 9 de julio de 1816 hacia Tribunales. Frente a la Plaza Irigoyen diremos a la Corte Suprema que salga a escucharnos. ¿Y qué le diremos? Pregunta Penélope.
Que empiecen respetando a la señora de la ley. Y que nos acompañen por calle Congreso de Tucumán, y frente a la Casa Histórica haremos un minuto de silencio por la Primera República que ha sido asesinada tantas veces. Seguiremos hacia la legislatura: que los legisladores interrumpan el trapicheo con la ley, que no la escriban a su imagen y semejanza. Volveremos a la Casa de gobierno, frente a la Plaza Independencia. Y le diremos al gobernador que respete y haga respetar la ley. Y si los guardianes no sirven, que los cambie. Y que los cambie otra vez; y otra vez. Hasta que los guardianes de la ley sean dignos de confianza.
¿Y si no quieren? Dice Penélope.
Nos buscaremos la ruina. Responden Ulises y Telémaco.


19. Orgullo y vergüenza en la isla de Tucumán
—La batalla aquella con Belgrano, las ganas de ser, la fundación primera.
—la vergüenza de hacer desaparecer.
—En el ´83 el orgullo de la recuperación. La confianza en la ley.
—después: la alegre “corruptela”
—léase: malditospolíticosdelincuentes
—Los mejores nunca son suficientes.
—el huevo de la serpiente, el genocida con punto final.
—simulación de la vieja historia,
—un general venido de otra parte, una voz de mando,
—“república” la palabra clave.
—La palabra escrita ¿Cuántas tiradas?
—La ira de Dios y de la Casa Histórica
—tucumanos regresando a los cuadernos de escuela.
—...una mirada fiera, escobas limpiando...
—Una corte especial: filósofos, historiadores, pensadores.
—El humor, los columnistas
—¡La vergüenza está echada! ¡Abran el telón!
—El voto castigo: A todo o nada
—Siempre a caballo ganador.
—Y más aún si viene con punto final, la ley es la ley.
—Algarabía en contra de la mitad derrotada:
—Malditospolíticosdelincuentes

—Pero los que festejaban después del sufragio olvidaron...
—la esperanza
—con todo el viento de la tinta en contra
—cargando su centésima muerte.


20. Exánime
Penélope está cansada. Pero piensa que debe pensar.
Sale a caminar por la ciudad de San Miguel. Es la ciudad de los sueños mezclados: en sus plazas, en sus parques: en el “9 de Julio”. Pasa frente a los dioses y semidioses griegos; se detiene frente a sus claros cuerpos, mira sus ligeras túnicas, su paso alado, el giro leve de sus cabezas, el gesto sabio, el gesto triste, el silencio en sus bocas breves. El baño lento de la luz de luna.
Pasa frente al gran reloj que desde la tierra implacable emerge; el puente, ese paso corto; el lago, esa ilusión de espejo; la llanura verde donde un caballo pasta. Los inexplicables árboles. El lugar de los juegos, de todos los juegos, el arte, el teatro, los grandes espacios: la pelota en el césped.
Se asoma a los dos grandes círculos: el de las rosas, el de la fuente de agua. Se sienta en todos los bares con decenas de sillas bajo los árboles. Deambula por las calles internas, entra a cada parque dentro del parque. El primer trapiche, la madera vieja y gastada por donde la caña de azúcar... los grandes toneles, también las bateas. Parece estar toda la vida en el parque...
Y piensa que debe pensar.
También mira el largo y curvo camino hacia la filosofía y las letras, hacia la facultad.
Penélope está cansada y se pregunta ¿quiénes pensarán?


21. Espera en la fuente
Se sienta en los bordes de la fuente de agua. Las canillas están cerradas; ahora puede ver todo el entramado: las boquillas, la cañería, los reflectores de luz, el mecanismo.
Se levanta y camina a su alrededor. Más allá el césped, los arbustos, las pérgolas felices. Ella sabe que por el gran círculo de la fuente pasarán: los silenciados, los historiadores que supieron descubrir el camuflaje que nadie publicó; trabajadores, estudiantes; todos los nombres de las listas del informe Nunca Más que pocos quisieron leer; los hombres y mujeres de ley también están por llegar; filósofos y pensadores, incorrectos según la coyuntura electoral.
Los que son esperanza y se les dio sólo un frasco de tinta por vez.
Ella sabe que cuando la fuente se encienda, por ahí pasarán.
Las canillas han sido abiertas por el hombre del agua
El agua ya trepa en suaves y fuertes chorros de luz plateada.
Los reflectores han sido encendidos por la luz del hombre
La fuente se ilumina otra vez.
No habrán sido en vano los siglos de pasos, tampoco la espera.
Ahí...los tejedores de Homero,
Penélope los ve llegar...

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